¿Habías visto cosa más bella que un Santiago muriendo como un amanecer? Cuando lo diviso de lejos, a través del cristal que se empaña con mi respiración agitada, gozosa; es imposible no reconocerlo: está ahí detrás de las luces naranjas, la ciudad hundida, la ciudad sin cielo, sin suelo, la ciudad de pequeñas montañas y valles; la ciudad que no duerme, que aún de noche proyecta un amanecer artificial y continuo, pero sin sol, sin nubes, sin estrellas muriendo… y una especia de tristeza inútil te bordea, y no dejas de mirar a la gente en el metro, buscas caras conocidas, las comparas, buscas en ojos ajenos miradas que alguna vez te dieron, que extrañas… te pegas a la puerta, casi como un babosa exploradora y observas como pasa tu cuerpo entre la gente, entre los túneles. Y te haces heteréo, de aire... una sombra a la velocidad de la luz.Y sigues mirando, no por curiosidad sino por el simple deseo de responder una sonrisa, una mirada cómplice, y la gente se apura, corre, todos corren y tu caminas y sabes que estorbas, pero caminas, no hay puro, el tiempo se ha vuelto eterno para ti y subes las escaleras y sigues pensando “llegué a Santiago, otra vez estoy aquí, y ¿dónde hay que doblar? claro, combinación línea cinco, sí, por ahí, a casa ¿ es mi casa?” Y sigues caminando, la gente te empuja, tú ni te inmutas… ¿le ayudo con su maleta señorita? No, muchas gracias, dices. Sabes que apenas te la puedes, pero quieres cargar tu cansancio, tu nostalgia y tu alegría mísera (casi estúpida) sola y digna, como siempre ha sido, como siempre deberá ser.
Aminta